Fragmento del capítulo “La conquista del poder político” de la obra “Reforma o Revolución” de Rosa Luxemburgo. El texto completo del capítulo citado se remite en pdf por e-mail. Peticiones a la Escuela de Estudios Sociales y Políticos “José Llavador Mira” del PSOE de San Jerónimo: formacion@psoesanjeronimo.es
REFORMA O REVOLUCIÓN: LA CONQUISTA DEL PODER POLÍTICO
Como se ha comprobado, la suerte de la democracia está ligada a la del movimiento obrero. ¿Quiere esto decir que, en el mejor de los casos, el desarrollo de la democracia hace innecesaria o imposible una revolución proletaria, en el sentido de apropiación del poder del Estado, de conquista del poder político?
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En la historia de la sociedad burguesa, la reforma legal sirvió para fortalecer progresivamente a la clase ascendente, hasta que ésta se sintió lo bastante fuerte como para conquistar el poder político, derribar la totalidad del sistema jurídico existente y crear uno nuevo. Bernstein truena contra la conquista del poder político, a la que considera como una violenta teoría blanquista, e incurre así en la desgracia de considerar como un error blanquista lo que no es más que la piedra angular y fuerza motriz de la historia humana durante siglos. Desde la aparición de la sociedad de clases, cuyo contenido esencial es la lucha entre esas clases, la conquista del poder político siempre es el objetivo de toda clase ascendente. Este es, al mismo tiempo, el principio y el final de cada período histórico.
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La reforma legal y la revolución no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado.
Todo ordenamiento jurídico no es más que un producto de la revolución. En la historia de las clases, la revolución es el acto político creador, mientras la legislación sólo expresa la pervivencia política de una sociedad. La reforma legal no posee impulso propio, independiente de la revolución, sino que en cada período histórico se mueve en la dirección marcada por el empujón de la última revolución y mientras ese impulso dure. O dicho más concretamente: sólo se mueve en el contexto del orden social establecido por la última revolución. Este es el punto crucial de la cuestión.
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Por lo tanto, quien se pronuncia por el camino reformista en lugar de y en contraposición a la conquista del poder político y a la revolución social no elige en realidad un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo objetivo, sino un objetivo diferente: en lugar de la implantación de una nueva sociedad, elige unas modificaciones insustanciales de la antigua. De este modo, siguiendo las concepciones políticas del revisionismo se llega a la misma conclusión que estudiando sus teorías económicas: no busca la realización del socialismo, sino la reforma del capitalismo, no busca la supresión del sistema de trabajo asalariado, sino la disminución de la explotación. En resumen, no busca la supresión del capitalismo, sino la atenuación de sus abusos.
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En cuanto a los factores políticos, el desarrollo de la democracia conduce, en la medida que encuentra condiciones favorables, a la participación de todas las capas populares en la vida política, es decir, en cierto modo, a una especie de “Estado popular”. Pero esta participación adopta la forma del parlamentarismo burgués, donde los antagonismos y la dominación de clase no desaparecen, sino que se manifiestan con más claridad. Dado que todo el desarrollo capitalista se mueve a través de contradicciones, para poder extraer el meollo socialista de su vaina capitalista antagónica el proletariado debe conquistar el poder político y eliminar completamente el capitalismo.
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Si para la burguesía la democracia ha llegado a ser innecesaria o molesta, precisamente por eso mismo es necesaria e imprescindible para el proletariado. En primer lugar, porque crea las formas políticas (autoadministración, derecho de voto, etc.) que pueden servirle de puntos de apoyo en su tarea de transformar la sociedad burguesa. En segundo lugar, porque sólo a través de la lucha por la democracia y del ejercicio de los derechos democráticos puede el proletariado llegar a ser consciente de sus intereses de clase y de sus tareas históricas.
En una palabra, no es que la democracia sea imprescindible porque haga innecesaria la conquista del poder político por el proletariado, sino porque convierte esa conquista del poder tanto en una necesidad como en una posibilidad. Cuando Engels, en su prólogo a Las luchas de clases en Francia, revisó las tácticas del movimiento obrero actual y opuso a las barricadas la lucha legal, de lo que estaba hablando, como así se desprende de cada línea de dicho prólogo, era de la lucha cotidiana actual, de la actitud del proletariado en el marco del Estado capitalista; no hablaba de la conquista definitiva del poder político ni de la actitud del proletariado frente al Estado capitalista en el momento de la conquista del poder. Es decir, Engels estaba dando directrices al proletariado dominado, no al triunfante.
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La necesidad de la conquista del poder político por parte del proletariado siempre estuvo fuera de toda duda para Marx y Engels.
Quedó reservado para Bernstein el honor de considerar el gallinero del parlamentarismo burgués como el órgano destinado a realizar el cambio social más imponente de la historia: la transformación de la sociedad capitalista en otra socialista.
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Nuestro programa sería solamente un papelucho miserable si no nos sirviera para todas las eventualidades y todos los momentos de la lucha, o si únicamente nos sirviera para abandonarlo, en vez de para aplicarlo. Si nuestro programa contiene la formulación del desarrollo histórico de la sociedad desde el capitalismo al socialismo, también debe formular, en sus rasgos fundamentales, todas las fases transitorias de ese desarrollo y consecuentemente indicar al proletariado, en todo momento, la actuación más adecuada para avanzar hacia el socialismo. En otras palabras, que no puede haber ninguna ocasión en que la clase obrera se vea obligada a abandonar su programa o se vea abandonada por él.
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En primer lugar, una transformación tan importante como la transición de la sociedad desde el orden capitalista al socialista es imposible que se produzca de repente, de un solo golpe exitoso del proletariado. Creer esto posible refleja una concepción claramente blanquista. La transformación socialista presupone una lucha larga y tenaz en la que muy probablemente el proletariado habrá de retroceder más de una vez, de modo que, desde el punto de vista del resultado final de toda la lucha, la primera vez que tome el poder habrá de ser necesariamente “demasiado pronto”.
En segundo lugar, las conquistas “prematuras” del poder estatal por el proletariado son inevitables porque esos asaltos “prematuros” son un factor, y de los más importantes, para crear las condiciones políticas de la victoria definitiva. En el curso de la crisis política que acompañará su conquista del poder, en el fuego de luchas prolongadas e intensas, el proletariado alcanzará el grado de madurez política que le capacitará para la victoria definitiva en la revolución. Así pues, tales asaltos “prematuros” del proletariado al poder político del Estado son en sí mismos un importante factor histórico que determina el momento de la victoria definitiva. Desde este punto de vista, la idea de una conquista “prematura” del poder político por la clase obrera resulta ser un contrasentido producto de una concepción mecanicista del desarrollo social y del establecimiento de una fecha para el triunfo de la lucha de clases, pero al margen e independiente de esta lucha.
Por tanto, dado que el proletariado no está en situación más que de conquistar el poder del Estado “demasiado pronto”, o sea, dado que el proletariado tiene que conquistar el poder del Estado una o varias veces “demasiado pronto” antes de poder conquistarlo definitivamente, la oposición a una conquista “prematura” del poder no es más que la oposición a la aspiración del proletariado a apoderarse del poder estatal.
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